Nunca olvidaré el momento en que decidí emprender el camino de Santiago. El año no había sido bueno, puesto que por culpa del juego, había perdido a mi mujer y mi trabajo. Estaba sumido en una profunda depresión. Me pasaba las mañanas, las tardes y las noches tirado en el sofá, viendo un programa tras
otro. En uno de ellos hablaron del camino, salían testimonios de peregrinos que habían superado sus problemas en su encuentro con el apóstol.
Recordé mi época universitaria, cuando Juan, Carlos y yo quisimos recorrerlo pero diversas circunstancias nos lo impidieron. Así que tres días después cogí el coche y me trasladé a Roncesvalles. Este es el lugar donde dice la tradición que se debe comenzar.
La guía que había comprado en la librería de debajo de casa, decía que no se podía empezar sin visitar la “Real Colegiata de Nuestra Señora” en donde se venera una virgen revestida de oro y plata. Tal era mi estado que su visión no me hizo sentir nada.
Salí y me dirigí a tocar la “Cruz de los Peregrinos” para comenzar el viaje. Cuando llegue a ella estaba a rebosar de gente como yo. Unos iban solos, otros en grupos, algunos en bicicleta y otros a pie. Allí se respiraba un ambiente de alegría que no podía soportar así que rápidamente huí y continué el camino.
Mi siguiente parada fue Pamplona. Todos los albergues estaban llenos, por eso, a pesar del frío, tuve que pasar la noche en las escaleras de la iglesia de Santo Domingo. Cuando desperté habían dejado a mis pies dos cajas de leche y una barra de pan.
A la salida de la ciudad me encontré con un cruce de caminos, había perdido el mapa así que se me presentó un gran dilema ¿Qué hacía? ¿Y si me equivocaba? Tras unos minutos pensando: ¿Qué hago? ¿Nadie puede ayudarme?, apareció un anciano como de entre la nada. Me dijo que la opción correcta era la derecha, que me llevaría a Puente la Reina. Cual sería mi sorpresa cuando vi que el anciano caminaba a mi misma altura. Empezó a contarme que, aunque ya era muy viejo, hacía el camino por una promesa y porque le gustaba ayudar a la gente. Unos 5 kilómetros más tarde paré en seco y de muy malas maneras le espeté que se marchara y me dejara en paz. Se sentó bajo un árbol y me dijo: - Continúa solo si es tu deseo, pero nos volveremos a ver, ya lo verás.-
Pasé tres días y tres noches en Puente la Reina. Aquí comenzaron a acecharme los pensamientos más oscuros. Me acordaba de mi trabajo en el periódico y de cómo un día mi jefe me dijo que no debía volver. Y todo por culpa del juego. Empecé con lo típico, echando a la máquina la vuelta del café, pero pronto eso fue poco, cada día necesitaba echar más y más. Claudia me decía que estaba enfermo, que me lo tratara, pero yo le gritaba y repetía que eran imaginaciones suyas. Un buen día me dijo que o la máquina o ella. Intenté dejarlo pero no pude y se marchó.
En Ayegui, en la fuente del vino me volví a encontrar con el anciano. Cuando me acerqué a él, me recito estos versos con su entrañable voz, (aunque no es lo mismo les recojo aquí para que todos los leáis):
“¡Peregrino!
Si quieres llegar a Santiago
Con fuerza y vitalidad
De este gran vino echa un trago
Y brinda por la felicidad”
Aquí el viejo volvió a hacerme la proposición de caminar juntos. Lo pensé y acepté pues necesitaba un apoyo o la tristeza se apoderaría de mí para siempre.
A la madrugada siguiente cuando el sol asomaba entre las montañas nos pusimos en ruta. Empezamos a hablar y hablar y me sentí liberado, como flotando en una nube; con la misma alegría del día en que comencé mi trabajo; que cuando conocí a Claudia y tras cuatro meses de noviazgo nos unimos pensando que sería para toda la vida.
Cuando llegamos a Logroño empecé a sentirme mal y estuve casi diez días en el hospital. El anciano no se separó ni un momento de mi lado. Comencé a pensar que esto había sido un error, que debía abandonar y regresar a intentar recuperar mi vida. Pero él me convenció para que siguiera. Recuerdo especialmente ese momento. Las palabras exactas que me dijo: - No Beltrán, este no es el momento de que lo dejes, pues aún no estas preparado. Claudia no te aceptará ahora, debes cambiar muchas cosas de ti. Pero tras encontrarte con Santiago serás un hombre nuevo. Volverás a ser el mismo Beltrán de hace diez años, tan alegre y romántico que consiguió conquistarla. Da tiempo al tiempo.-
En ese instante me quedé anonadado y le pregunté cómo sabía cuando nos habíamos conocido. Él contestó tajantemente: - Yo lo sé todo-.
Tras tanto tiempo en el hospital, me empecé a estresar pensando que no llegaríamos antes del día 31, pero él me aseguró que lo conseguiríamos.
A la salida de Palencia encontramos a una mujer que estaba como yo, rota por el dolor. Pero era un dolor distinto. Su marido y su hija de dieciocho años habían muerto en el atentado de Madrid. Caminaba para intentar olvidarlos, pero ellos estaban presentes en cada uno de sus pasos. Nos contó como esa mañana desayunaron juntos. Ella iba a la universidad, había empezado a estudiar psicología. Él iba como cada día a su oficina, prefería el tren al coche. Nunca los volvió a ver. Yo no sabía que hacer, no estaba preparado para tanto dolor. El anciano la consoló diciéndole que ellos estarían con Dios y que pensara que cuando abrazara al Apóstol él le transmitiría su cariño.
En León se quedó en casa de unos amigos. Nosotros fuimos al “Albergue de Reliegos”. Antes de dormir le pregunté al viejo si conocía a Amelia y si había sido casual nuestro encuentro. Él me repitió: Ya te dije que lo sé todo. Quería que te encontraras con ella para que vieras que hay muchísima gente con más dolor que tú. Tú puedes volver y rehacer tu vida junto a Claudia. Pero Amelia no podrá recuperarla, al igual que todos los que ese día perdieron una parte de su vida allí. Medítalo.-
A la mañana siguiente salimos a dar un paseo. En la plaza mayor vimos a unos niños haciendo carreras con las bicicletas. Dos de ellos tenían gran rivalidad. Entonces el anciano hizo un comentario que no hizo sino aumentar mi intriga: ¡Qué curioso! , esos dos son como Juan y tu cuando os regalaron vuestra primera bicicleta. Estabais todo el día compitiendo para ver cuál de las dos corría más. Todavía os sigue gustando montar. Y, aunque hace mucho tiempo que no lo hacéis juntos, no te preocupes lo volveréis a hacer-.
Salimos de allí y caminamos durante muchas horas en silencio, Cuando cayó el sol nos paramos en un prado, allí pasamos la noche, a pesar del frío, contemplando las estrellas.
En Astorga mi amigo me dijo que no podía marcharme sin visitar la Iglesia de San Francisco. Que le esperara allí pues él debía ir a resolver un asunto con los padres redentoristas. Entre y salí y me senté en el parque. Aquí volvieron a invadirme negros pensamientos. En el banco de enfrente había una pareja, como Claudia y yo. Se les veía felices, como éramos nosotros. Pero de pronto comenzaron a discutir, a echarse en cara reproches y cada uno se fue por su lado, exactamente igual que nosotros. Un rato más tarde, mientras tomaba una cerveza esperando al anciano, vi. al chico, estaba desesperado, iba ya por su cuarta copa. Pero entonces la vi llegar, se acercó, conversaron y se fundieron en un beso desapareciendo calle abajo. Este momento me convenció de que debía intentar por todos los medios reconciliarme con Claudia.
Me pasé toda la tarde escribiendo este diario de viaje. Casi al anochecer el anciano apareció. Le espeté que a la hora que era ya no encontraríamos sitio en ningún albergue. Me dijo que le siguiera y me condujo hacía el convento donde había estado por la tarde. Nos recibió el padre Vicente quien tras enseñarnos nuestras celdas nos condujo al comedor. Aunque la cena fue modesta: una sopa de ajo, fue de lo mejor que probamos en todo el camino.
Al alba nos pusimos de nuevo en ruta. No paramos hasta la hora del almuerzo en Santa Catalina de Somoza. En la “Pastelería de Crispula” vislumbre unas porciones de leche frita que me recordaron a mi infancia. Entré y compré una docena. Cuando se las ofrecí al anciano me dijo: - ¡Ah! Leche frita. Qué buenos recuerdos te trae. Si no recuerdo mal, tu abuela Pepa la hacía inigualable. Te ponías morado de ella hasta que un día cogiste tal empacho que has estado años sin probarla. Veo que eso ya pasó, que te sigue volviendo loco.-
Tras varios días llegamos a Ponferrada. Aquí sentí por primera vez desde que comencé el camino la necesidad de confesarme y oír misa. Algo en mi interior me lo pedía. Me encontraba bien conmigo mismo y quería compartirlo con Dios. Había aprendido a apreciar mi vida con sus cosas buenas y malas, a ser positivo. Fuimos a la iglesia de San Andrés, me postré ante el Cristo de las Maravillas y pasé orando dos horas. A la salida me sentí un hombre nuevo.
Ponferrada es famoso entre los peregrinos por la “Posada de Teresa” en donde te dan unos masajes por todo el cuerpo que te quitan todos los dolores. Mi cuerpo estaba destrozado, por no hablar de mis pies llenos de callos y ampollas. Teresa me dejó como nuevo. Cuando quiso hacer lo mismo con mi amigo este se negó. Ante nuestra insistencia se descubrió los pies. Estaban sin ningún rasguño. Como si acabáramos de comenzar. Ante nuestro asombro justificó este hecho diciendo que sus pies ya no sufrían pues eran muy viejos y estaban acostumbrados a tan largas caminatas. ¡Qué raro era todo en él!
Ya estábamos a mediados de diciembre y nuestro propósito era llegar a Santiago antes de cambiar de año para poder pasar por la puerta del perdón.
Dos días después llegamos a Villafranca del Bierzo. Pasamos por la puerta del perdón de la iglesia de Santiago de Villafranca, una de las últimas paradas antes de llegar a Santiago.
Por fin el 30 de diciembre llegamos al Monte do Gozo. Me eché a llorar al contemplar Compostela, ¡Sólo me quedaban unas horas! , unas horas para abrazar al Apóstol.
Al día siguiente pisamos Santiago, la Ciudad Santa por antonomasia. Fuimos de puerta en puerta, hasta el Pórtico de la Gloria. Entramos por los restos de la “Porta Francígena ”, seguimos hasta la iglesia de Santa María del Camino y llegamos a la última: la puerta del paraíso del monasterio de San Martín Binario. Tras esto por fin: la catedral. Ya era de noche cuando pasamos la puerta del perdón. Nos confesamos y entre lágrimas abracé a Santiago. ¡Lo había conseguido!
Cuando salimos a la palaza del Obradoiro todo el mundo celebraba la Nochevieja, quedaba poco tiempo para concluir el año. Fue entonces cuando el anciano me dijo: - Bueno Beltrán, el viaje ha concluido. Has aprendido una gran lección: volver a quererte a ti mismo y a los demás y a confiar en la gente. Has sabido escuchar y hablar de tus problemas. Eres un hombre nuevo. Confía en que cuando regreses recuperarás a Claudia-.
La curiosidad hacia él me superaba así que por fin le pregunté quién era. ¡Cuán sorprendente fue su respuesta! : Me alegro de que me lo preguntes, ahora si puedo responderte. Soy el año viejo, al que tú invocaste en aquel cruce de caminos a la salida de Pamplona. Si alguien me necesita acudo en su ayuda. Espero que nunca olvides lo aprendido junto a mí en todo este tiempo-.
Entonces empezaron a sonar las campanadas. Cuando acabaron toda la plaza estalló en júbilo. Los peregrinos nos abrazábamos unos a otros bajo las luces de colores de los fuegos artificiales. Cuando fui a hacer lo mismo con mi amigo, este había desaparecido. Nunca le volvería a ver, pero no le olvidaría.
- Aquí termina este diario del camino de Santiago. Gracias a él y al año viejo me he encontrado a mi mismo y he vuelto a apreciar el sentido de la vida, que es corta y hay que aprovecharla. Cuando regresé Claudia me aceptó de nuevo y ahora vivimos felices.
Este testimonio va a ser publicado para que la gente, que, como yo se encuentre perdido y no le encuentre sentido a su existencia sepa reconducirla. Todos deberíamos encontrarnos en algún momento de nuestra vida con el año viejo.
MUCHAS GRACIAS AMIGO-.
GÓMEZ
2º premio de relato corto del CLUB ROTARIO